Cuando Vincent decide dedicar tiempo a su pasión literaria, evita la presencia de su esposa. Ella ha aprendido a tolerar sus impúdicas costumbres y su irritante manía de corregir, compulsivo, durante la velada. Editar es una labor ingrata. El matrimonio es una condición ingrata.

Vincent espera a que Lucía finalice su rutina nocturna, mide cuidadosamente el tiempo comprendido entre el reposo y el sueño y se escabulle fuera de la cárcel de satín. Al pie de la cama, aguarda un calzado suave y cómodo con suela de goma y en el respaldo de la silla adjunta se sostiene un batín de felpa. Es uno de esos muebles que únicamente sirven para acumular prendas y otras suertes de entropía doméstica.

—Resulta estimulante convivir con una compañera condenada a morir hoy, o mañana, o hace dos minutos. —reflexionó

En el momento en el que el sol hace amago de despertar, aplicando un filtro de colores pastel a la estampa visible desde el balcón, el cerebro de Lucía ha dejado de funcionar con normalidad. Su corazón late, pero la masa tumoral que obstruye su corteza dorso-ventral la ha desposeído de su alma. Esta vez, la dignidad se le escapó a través de la comisura de la boca. Resulta irónico que los gases tóxicos que embellecen el amanecer sean a su vez responsables del atroz sufrimiento de quienes los observan.

Ajeno al acontecimiento, su marido fantasea con ser guionista de cine, novelista o artista argumental para un videojuego.

A pocos kilómetros de distancia, en un distrito adyacente de Madrid, un muchacho sin fantasías que nunca ha fingido amar a nadie ejecuta el primer movimiento de la partida que cambiará el curso de la civilización: e2-e4.

El esposo escurridizo regresa a su dormitorio para ventilar la estancia, dejar que la luz entre por la ventana y la brisa metropolitana arrastre el rumor de los vehículos. Verifica el funcionamiento de las vías sanguíneas que administran suero alimenticio y morfina.

—Cuando hay un porqué, importa poco el cómo. —dijo en voz baja, justificándose.

Vincent permanece con su mirada fija en los párpados de su convaleciente esposa. Con su espesor de 0.05 milímetros, permanentemente alerta para proteger a su retaguardia de la incursión belicosa de una mota de polvo. Por su finura, se puede distinguir el movimiento agitado de sus pupilas. Ese incómodo fenómeno conocido como fase REM.

El prosista ase con su mano derecha una pluma estilográfica, símbolo de aquellos objetos elegantes que producían excelente resultados para portadores de manifiesta destreza. El hipocampo le juega malas pasadas. La memoria y los recuerdos de intimidad, tres lustros, no iluminan más que un par de un par de calles sombrías de Bucarest.

Retirar el capuchón del cálamo deja al descubierto una afilada hoja de plata, cuyo extremo inferior cuenta con un orificio para que la tinta se distribuya convenientemente, según la inclinación de la postura sobre el papel.

Con las emociones licuadas y un refugio inevitable en la anhedonia cínica de quien no otorga valor a la vida humana, no cabría otro desenlace. Vincent se liberó de los grilletes nupciales con las pragmáticas punciones de quien se ha documentado en cirugía para escribir una novela que nunca se publicará.